Relatos de buró

Como todos los seres humanos, me uní a un amante bien parecido que llenó de gracia mis propios espacios en blanco, dejando partes de mi voluntad en suspiros y abrazos... ¿En qué momento llegan a adquirir dos amantes la más completa posesión de sí mismos, sino en aquel en que se proclaman perdidos el uno en el otro?

lunes, 15 de diciembre de 2014

Lo utópico de la asimetría.

Arjona: mi trovador favorito. Autor de una parte de las letras que me llevaron a esta vida bohemia, de vendimia. Y quién diría que justo esa, mi preferida de él, fuera la cantilena de la cual discordara.

Quién diría que el mink y la mezcilla, podrían fundirse un día... Con 15 años, lo veía como un hecho verosímil. Recuerdo ese concierto en el que contó la historia de los dos polos opuestos, que sus fuerzas dispares jugaron en su contra, y al final, el destino los volvió a unir, como una ley del universo, como un suceso sugestivo. Y yo, sin estudios empíricos que me respaldaran, lo vi como otro sigilo más del maravilloso destino impredecible. 


Bueno, han sido 4 años desde la tarde que me dejé embelesar por esa canción, creyéndola ser una aseveración; y qué otro momento más preciso que ahora, el cual viene acompañado con la experiencia, para haberlo comprobado. Arjona estaba equivocado: el amor sí entiende de plusvalías. Son tan relevantes como el significado mismo de la palabra. Lo sé ahora de forma cabal. El agua más el aceite no son imposibles, en teoría, pero la unión es infalible de resultar lacónica, errónea, fallida.


Como tú y yo, tan similares superficialmente, pero distintos en sustancia. Engañados por esas características someras que nos unían, y desilusionados por lo inminente: la realidad. Si fuésemos iguales, quizá nos hubieramos encontrado mayor razón. La apatía llegó al ver que nos construímos sin basa, llegamos a armar el capitel, pero al mirar el apoyo, éste era inexistente. El amor sin simetría, se convierte en la más grande utopía.

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